viernes, 13 de noviembre de 2015

Las dos caras de Change.org

Millones de ciudadanos han conseguido en los últimos años recabar decenas de miles de firmas a través de la plataforma Change.org para acabar con innumerables injusticias. Cien millones de usuarios en 196 países hacen uso de esta herramienta a diario.

Una web que les permite hacer llegar sus peticiones al mundo entero, en la mayoría de los casos con el objetivo de hacer de este planeta un lugar mejor. Sin embargo, nadie se ha parado a pensar en que esta plataforma al servicio de los ciudadanos acoge todo tipo de peticiones, unas buenas y otras no tanto. Y a los hechos nos remitimos.

Por ejemplo, la plataforma Stop Estafadores, asociación de afectados por prácticas fraudulentas de prestamistas de capital privado, a través de Change.org pide ayuda para Monchi, una mujer que dice haber sido estafa por un prestamista. La presión y la falta de ayuda hizo que su marido se quitara la vida, y ahora ella pide desesperada 150.000 firmas que apoyen su causa, para hacerlas llegar al Gobierno español y que “legisle para impedir la usura y que miles de familias sean estafadas cada año”. Sin duda una petición a todas luces necesaria.

Pero la cosa cambia cuando nos topamos con el titular “No a la petición que incita al odio y a la discriminación de los musulmanes”. Es una solicitud hecha por Musulmanes contra la islamofobia. Seguimos leyendo, y no damos crédito. Este grupo pide a Change.org, y a su responsable en España Francisco Polo, que eliminen una petición de Change.org contra la apertura de mezquitas en España. Una solicitud que incita al racismo y a la islamofobia, y que sigue abierta a recoger firmas. ¿En serio? De las 5.000 firmas que pide una tal Ana Sánchez, a estas horas ha recabado 3.711. Frases como “no queremos vivir en un país islamizado” o “no queremos ni más mezquitas ni más refugiados o emigrantes con raíces musulmanas”, justifican la petición que solicita, además, la deportación de los inmigrantes de España.

Una plataforma que se presenta como un lugar al que acudir para, a través de la recogida de firmas, “pasar a la acción” y “adoptar decisiones para lograr soluciones”, no puede acoger solicitudes que inciten al odio y al racismo. Porque su función social pasa a ser un papel vergonzoso, injusto y hasta anticonstitucional. En la vida no todo vale, aunque está claro que de esta manera Change.org hace honor a su eslogan que asegura que “cualquier persona puede iniciar una petición”.



miércoles, 9 de septiembre de 2015

Ser refugiado en España no es fácil

La Unión Europea ya ha tirado de las orejas en varias ocasiones a nuestro país por no cumplir con los mínimos de respeto a los derechos humanos y a la protección internacional de las personas refugiadas. Personas que recordemos huyen, literalmente, del miedo de morir en mitad de una guerra, o de las epidemias y la escasez de comida que provocan esos conflictos. 

Hoy, la Comisión Europea anuncia a los Estados miembros una nueva propuesta de reparto de refugiados. 120.000 serán las personas que Europa deberá albergar, y que ahora mismo están en Italia, Grecia y Hungría esperando un destino que les asegure la paz que llevan anhelando durante meses de periplo. La mayoría de los refugiados proceden de Siria y Afganistán, pero no debemos olvidar que los ciudadanos de Kosovo, Afganistán, Eritrea (donde el servicio militar es lo más parecido a la esclavitud y es obligatorio), Serbia, Albania, Irak, Pakistán y Nigeria son los siguientes países de los que más personas huyen, según fuentes de Eurostat. Y nosotros nos preguntamos, ¿cómo tratará España a estos refugiados? ¿Estaremos a la altura de las circunstancias? 

Ya en el mes de Julio, la ONU pidió explicaciones a España por abandonar a Mohamed, refugiado político de origen argelino, que fue desahuciado con sus dos hijos de 8 meses y dos años, con los que acabó durmiendo en la calle. Ahora, nos encontramos con una situación parecida. 

La familia de Derar, refugiado eritreo en España, se enfrenta a una orden de desahucio por no poder hacer frente al pago del alquiler desde hace 4 meses. Llegaron a España desde un campo de refugiados en Túnez, gracias a una orden de reasentamiento del ACNUR y del Gobierno Español. Ahora, no saben qué va a pasar. En agosto del año pasado dejaron de recibir la ayuda de 1.100 euros mensuales con la que vivían los cuatro, y la Renta Mínima de Inserción de 500 euros no les da ni para pagar los 700 euros de alquiler. Derar vivía con su familia en Libia. Él y su mujer son ingenieros, y aseguran que les dieron a sus hijos la mejor vida que podían imaginar, hasta que estalló la guerra. Entonces la familia se separó. Derar estuvo dos años sin saber nada de su mujer ni de sus hijos, hasta que se enteró de que habían conseguido llegar a España. Consiguió reunirse con ellos en el 2014. Ahora lo único que pide es una vida digna junto a los suyos. 

Aseguran que la crisis de refugiados que se está viviendo en Europa les hace recordar, una vez más, lo que han tenido que sufrir. Pero la esperanza de que su situación se solucione está en las nuevas generaciones, como la de Adaad, su hija que con tan sólo 12 años, tiene muy claro a qué se quiere dedicar en el futuro. “Quiero ser médico para ayudar a la gente”, asegura.



 (Artículo publicado en www.cordobainternacional.com)

miércoles, 22 de julio de 2015

Isabel Pérez: “Nos hemos hundido en el vacío de la Franja. Es un genocidio a cámara lenta”

Isabel Pérez es una de esas periodistas que cuando te mira, impacta. Afincada en la Franja de Gaza desde 2013, su compromiso con el pueblo palestino, no sólo como periodista sino también como persona, hace que aproveche sus días libres en Madrid para revindicar, una vez más, la injusticia del bloqueo insufrible que padece una parte del mundo y que, a veces, parece que poco importa. Pese al calor sofocante de las siete de la tarde, Pérez nos recibe con la mejor de sus sonrisas en la terraza de Ecoo, el centro que acoge la mesa redonda organizada por Palestina Digital “Gaza, vida y muerte y su repercusión en los medios”, y en la que participa junto a los también periodistas Musaa’ab Bashir, Yolanda Álvarez y Teresa Aranguren. Toca hablar del periodismo de guerra, ese género único que une vocación y humanidad.


Isabel Pérez, periodista freelance en la Franja de Gaza,
durante la entrevista. Foto: Javier Imedio

Pregunta: Parece mentira, pero lo más destacado en los últimos días sobre la situación de Gaza, han sido las palabras de Angela Merkel que provocaron el llanto desconsolado de una niña refugiada palestina. La noticia en los medios se ha quedado, una vez más, en la anécdota, lejos de hablar de la realidad de la Franja y de sus consecuencias. ¿Estamos haciendo los periodistas bien nuestro trabajo?

Respuesta: Es uno de los errores que cometemos los medios y algunos periodistas. A veces estamos obligados a descontextualizar, pero es muy necesario seguir explicando, aunque sea con anécdotas y con algo más de información, el conflicto árabe-palestino o palestino-israelí, según lo quieras ver. Los medios de comunicación podríamos hacer mucho más para explicar al mundo este conflicto, uno de los más enquistados, y un error que cometió en su día la comunidad internacional. Tendríamos que evitar poner parches como se está haciendo hasta ahora y buscar una solución política. Esto no es sólo una crisis humanitaria, es una causa política, y es como deberíamos enfocarlo desde los medios.

P: ¿Cómo consigue un periodista freelance vender a los medios de comunicación el día a día de la Franja de Gaza?

R: El día a día es muy complicado. Lo que ocurre en la Franja de Gaza tras más de ocho años de bloqueo israelí es el resultado de la acumulación de crisis socioeconómicas.  Hablamos de 66 años de ocupación. Nos hemos hundido en el vacío de la Franja desde hace ocho años, cuando Hamas llegó al poder e Israel decidió imponer este bloqueo inhumano, este castigo colectivo. Es un genocidio a cámara lenta. Vender a un medio de comunicación lo que ocurre cada día es difícil, porque son ciclos que se repiten. Por ejemplo, tener una crisis de combustible a nivel mediático no vende. Eso hace que los periodistas tengamos que ser muy originales para meter dos líneas sobre “de nuevo hay una crisis de combustible”. Pero hay bastante trucos que los periodistas que estamos dentro sabemos utilizar. Por ejemplo, esas faltas de carburante pueden afectar a los vehículos: no hay taxis y la gente no puede ir a trabajar. O podemos venderlo sobre cómo salen de las alcantarillas las aguas residuales porque el Ayuntamiento no tiene combustible para bombear. Hay que buscar la manera de dar la otra visión, pero al final es lo mismo, son ocho años de la misma crisis.

Isabel Pérez, periodista freelance en la Franja de Gaza,
durante la entrevista. Foto: Javier Imedio
P: Hablando con otros periodistas de guerra, casi todos coinciden en que es muy difícil informar de manera objetiva cuando ves la muerte tan cerca y los sentimientos afloran. ¿Qué opina?

R: Yo no creo que sea un problema que afloren los sentimientos. Al revés, es algo muy humano, los periodistas somos humanos. Somos mujeres, somos madres, o seremos madres en mi caso. Es normal que afloren los sentimientos, si no es así, creo que es un problema, y que ese periodista no va a lograr informar sobre por qué hay niños que están muriendo por falta de medicación. O sobre por qué hay mujeres con cáncer de mama, muy extendido en Gaza, que están muriendo porque no entran los tratamientos por el bloqueo israelí. Las mujeres tienen que salir a Egipto, y muchas veces el paso de Rafah está cerrado. Y, por supuesto, Israel no permite a todo el mundo que tiene cáncer salir a tratarse a los hospitales de Jerusalén o Cisjordania. Por lo tanto esto es un drama, y hay que mostrarlo tal como es. Gaza, la causa palestina, es sentimiento. Y si no hay sentimiento, no puedes expresar que hay una injusticia total en esta causa política.

P: Son varios los periodistas como Yolanda Álvarez, ex corresponsal de TVE, o Javier Martín, de EFE, que han sido relevados de sus funciones en el terreno como consecuencia de las presiones de Israel. ¿Existe también un intento de bloqueo de cara a los medios que trabajan en Palestina?

R: Yo principalmente trabajo para una televisión que nada tiene que ver con Occidente, por lo que no tenemos ese tipo de presión tan directa. Lo que si me pasó durante la operación “Margen Protector” del año pasado cuando comencé a colaborar con el diario El Mundo, es que me llamaron diciéndome que habían recibido una carta del embajador de Israel, en la que decía que su corresponsal -ellos no sabían que yo no era corresponsal, sino colaboradora freelance-, tenía que salir de la Franja  de Gaza porque aquello se iba a convertir en una guerra muy peligrosa. Es una presión psicológica que hacen a los periodistas. Imagínate, tú llegas como periodista a un conflicto, y si es la primera vez que te avisan de que te tienes que salir ya, cunde el miedo. Yo sé de gente que sí que se fue. Yo me quedé, tengo allí mi familia palestina, tengo una labor periodística y humana. Pero sí que hay presiones.

P: Como periodista, ¿cuál cree que es el “secreto” para que el conflicto palestino termine de una vez por todas?


R: No hay secreto. Hay que dejar de apoyar a la entidad sionista de Israel. Hay que ser consecuentes con nuestros actos. Nuestros gobiernos deberían ir del lado de la justicia, de la igualdad, y terminar con esa ocupación que es ilegal ante las leyes internacionales. Pero esto es muy relativo. Nuestros gobiernos, otras entidades, los organismos internacionales, aprovechan la inestabilidad de Oriente Medio para seguir apoyando a Israel, pensando que eso va a contener un estallido. Pero yo estoy segura de que si se levanta el bloqueo, si termina la ocupación, si los palestinos tienen libertad de movimiento para trabajar donde ellos quieran, y conseguir vivir como un ser humano, la violencia terminará. Esto no es fácil, y no es ningún secreto. Hay que ser realistas. Hace falta una propuesta política. Yo soy de la opinión de que hace falta un estado democrático para todos, y que si se crea un estado de Palestina, habrá más problemas. 


martes, 2 de diciembre de 2014

Ayoub El Hilali: “El error es que mezclamos el trabajo con la fe”

Ayoub El Hilali tiene tan sólo 25 años, pero ya es una de las caras más conocidas del panorama mediático en España. Hakim, el policía musulmán que acaba siendo un terrorista sin escrúpulos, y al que ha dado vida durante la primera temporada de la exitosa serie ‘El Príncipe’, en Telecinco, ha hecho de este catalán de origen marroquí uno de los embajadores de las nuevas generaciones de musulmanes españoles. Atalayar se entrevista con él para saber, entre otras cosas, qué opina de las críticas que ha recibido la serie por unir conceptos como Ceuta,  terrorismo e islam. Algo sobre lo que, asegura, nada tiene que ver con su Marruecos natal, donde “yo he visto series árabes que hablan de terrorismo y no pasa nada”. Mientras charlamos en una terraza del centro de Madrid, las miradas de los viandantes, e incluso una petición de un admirador para hacerse una foto con él, nos interrumpen de vez en cuando.


Ayoub El Hilali ha dado vida al personaje de Hakim
en "El Príncipe"
Pregunta: Acabáis de recibir un Premio Ondas a la mejor serie española. Sin embargo, hay muchas voces críticas que tachan a “El Príncipe” de alimentar los clichés contra el islam y los musulmanes. ¿Qué opina? 
Respuesta: “Lo respeto totalmente, pero yo hago mi trabajo. Para empezar es ficción, y con ojo crítico, -otra cosa es que la gente no quiera ver la realidad- creo que hay muchas cosas de la vida real que están reflejadas ahí y que, desde mi punto de vista, he visto que se asemejan a esa ficción”.
P: ¿Le llegan críticas personales por haber interpretado el papel de un policía musulmán y terrorista? 
R: “Sí, claro que me llegan, normalmente a través de las redes sociales. Yo respeto a todo el mundo, siempre que no me lo falten a mí, y de las críticas constructivas intento absorber todo lo positivo que me puedan aportar. Pero también me han llegado felicitaciones de compañeros, incluso de gente de Marruecos, de actores, de directores reconocidos a nivel internacional, que entienden lo que es interpretar, y que saben la responsabilidad que es estar en una serie en ‘prime time’ en España”.

P: Por lo que dice, ¿la gente es más abierta en Marruecos que en España?
R: “En Marruecos mi madre pone los canales de la antena parabólica, y yo estoy cansado de ver series con ella en las que el hermano es traficante, la madre fuma cachimba en casa... y la gente las ve con naturalidad, se mueren de ganas de que llegue la hora para ver su serie favorita, y no pasa nada. Lo que ocurre es que al ser un país occidental el que refleja eso, la connotación es que ‘los occidentales están hablando de nosotros’. Yo he visto series árabes que hablan de terrorismo, de chicas que han tenido que salir de sus casas y se han prostituido, de chicos que venden droga… y es lo más normal del mundo. Y son series que funcionan muy bien, no sólo en sus países, sino en todo el Magreb”.

P: Sus rasgos árabes, ¿supone estar encasillado en determinados papeles, como el de Hakim?
R: “Lamentablemente, sí. Soy consciente de que me toca cambiarlo porque soy la primera generación, tengo que aceptarlo y hacerlo muy bien para demostrar que sí, que puedo hacer de terrorista, pero que también tengo unas dotes interpretativas, y lo digo con toda la humildad del mundo, compatibles con el mercado, y que soy capaz de asumir un proyecto gordo como es ‘El Príncipe’”.

P: ¿Presiona, entonces, saber que es una cara visible de esa nueva generación de musulmanes españoles que lucha por estar presente en la sociedad de este país?
R: “Es una responsabilidad, pero no he sentido presión en ningún caso. Tengo muchos amigos, de muchos ámbitos artísticos, que están a favor y en contra de lo que yo hago, de mi trabajo como actor. Pero a pesar de que no les haya gustado algo, porque tienen sus ideales, independientemente de nuestras diferencias socio-artísticas -vamos a inventarnos este concepto-, lo que nos une es trabajar juntos y unidos para demostrar que nosotros también valemos -y otra vez estamos demostrando-, y que podemos hacer hueco a los que vengan”.

P: ¿Qué consejo daría a un joven musulmán que, como usted, tiene un sueño, pero que por ‘el qué dirán’ no se atreve a dar el paso?
R: “Tú cuando practicas el islam, lo practicas para ti, no lo practicas para demostrarle nada a nadie. Tú no vas a rezar para que tu padre te vea cómo rezas. Tu religión, independiente de la que sea, es para uno mismo, para tu corazón, y queda entre tú y tu Dios. Tu religión la llevas dentro y a tu manera, pero siempre respetando. Yo no soy el más indicado para hablar de estas cosas, pero lo poco que sé, me lo aplico. Sólo tengo que dar explicaciones a mi Dios”.

P. En este sentido, si le ofrecieran un papel con el que no estuviera seguro de cumplir con sus valores éticos, con su moral, ¿lo dejaría?
R: “Me ha pasado. El productor quería que lo hiciera yo, se ha negociado y se han quitado cosas. A mí me puede llegar un guión, y lo primero, es que eso es un personaje. Entonces, ¿qué voy a juzgar? ¿A ese personaje, que se llama Juan, -porque yo me llamo Ayoub- que es narcotraficante? O si tengo una secuencia de sexo con una chica. Pues hombre, puedo intentar negociar con el productor, a ver si podemos dejar la secuencia en un besito. Pero si no, pues tengo que trabajar. Es que ese es el error, que mezclamos el trabajo con la fe”.

P: ¿Cómo es ponerse en la piel de un policía que, además, es un terrorista? 
R: “Pues jodido, aunque la verdad es que ya he hecho de terrorista varias veces, así que sé montar y desmontar un arma o una bomba. Para hacer de policía sí he tenido formación con policías, pero para hacer de terrorista, por suerte, no he tenido que formarme con uno [risas]”. 
P: Ese papel ya lo tiene más que controlado, pero, ¿qué se siente cuándo se ven actuaciones violentas en nombre del islam? 
R: “Todas esas actuaciones las condeno, porque no están en mi criterio, ni en mis valores, ni en mis principios. No me siento nada identificado. Y es más, me duele, porque mancha la imagen del musulmán de a pie, el que se levanta por la mañana y sale a trabajar por sus hijos, por su familia”.

P: En el caso de su personaje de ‘El Príncipe’, se mueve entre dos aguas, entre el mundo de los cristianos y el de los musulmanes. ¿Es algo a lo que también se tiene que enfrentar en su vida real?
R: “Sí. En mi casa, a nivel cultural, es un ambiente, y cuando paso el portal es otro. Hablo en árabe con mis padres, y luego voy a clase y hablo y pienso en castellano. Y cuando voy a Marruecos, soy el español. Y en España soy el marroquí. Es como cuándo te preguntan, ‘¿Y tú de dónde eres?’, y respondes: ‘Soy de Barcelona, soy catalán’. Y, entonces, te dicen: ‘Es que esa cara…’. Pues lo entiendo, porque tengo rasgos, y con mucho orgullo”.

Entrevista publicada en Atalayar, entre dos orillas

viernes, 14 de noviembre de 2014

Jóvenes musulmanas españolas: “La islamofobia se define como un sentimiento de odio y de miedo”

Un grupo de locos que degüella a personas en nombre del islam, el eterno conflicto palestino-israelí o los ataques de un indiscriminado Bashar al-Asad sobre su pueblo, han hecho de la islamofobia un término cotidiano, pero también un sentimiento que resurge de sus cenizas, y que se asienta en los clichés más tradicionales de discriminación, opresión y terrorismo. Una situación que ha hecho que en las últimas semanas, musulmanes de todo el mundo hayan salido al paso con una campaña con la que bajo el lema “No en mi nombre” (“Not in my name”, en su mensaje original en inglés) han querido desbancarse de los continuos atentados del Estado Islámico en nombre del islam. Con todo esto, la palabra islamofobia podría traducirse como el rechazo o la hostilidad hacia el islam y los musulmanes. Un término que, por cierto, y pese a todo, aún no ha sido recogido en la recién estrenada vigésima tercera edición del Diccionario de la Real Academia Española. 

Tal vez esté equivocada, o tal vez no, pero presiento que a ese sentimiento de rechazo le hacen frente con más frecuencia las mujeres que los hombres, por la cuestión del hiyab y la visibilidad que tiene a la hora de identificarlas con su religión. Por eso llamo a la puerta de la Asociación de Chicas Musulmanas de España (Achime). En el centro de Madrid, y a pocos metros del Centro Cultural Islámico de la capital de España, me reciben chicas de entre 16 y 30 años en el local en el que realizan la mayor parte de sus actividades semanales, y en el que esa misma tarde hablarán de islamofobia. Casualidades de la vida. Todas llevan hiyab, y visten el mismo tipo de ropa que pueda llevar yo hoy: zapatillas, vaqueros y camiseta. Alrededor de una mesa llena de cuadernos y de bolígrafos, lanzo la primera pregunta: ¿la islamofobia es sólo desconocimiento, o hay algo más?

 
“La gente no se para a pensar”
“Yo creo que la islamofobia se define como un sentimiento de odio, de rechazo, pero también de miedo. La persona que lo siente, es porque cree que el islam pone en peligro sus valores, su modo de vida. Ese es el proceso mental que quiero creer que se produce”, asegura Naima, la veterana del grupo, y una de las fundadoras de la asociación.  Sara, estudiante universitaria, nos pone un ejemplo práctico desde el otro lado de la mesa. “Hace dos años, la revista 'National Geographic' dedicó un número especial al islam. Pues ocho artículos de diez eran sobre la mujer musulmana, sobre cómo El Corán hablaba del uso del burka y del matrimonio obligado. Los otros dos iban sobre la yihad. Obviamente, ya me dirás tú la información que hay”. 

Dina es estudiante de medicina. Mientras las demás opinan, ella escucha, y de vez en cuando niega con la cabeza. Cree que la decisión de ser contrario al islam, o no, es sólo responsabilidad de la persona en cuestión, y que poco más se puede hacer. “La gente no se para a pensar, muchas veces sólo creen lo que dicen los medios de comunicación y ya está”. No dudo en preguntar si, entonces, los musulmanes deben seguir justificándose bajo la campaña “No en mi nombre”, a raíz de la que, por cierto,  ha nacido otra, “Muslim apologies” (Disculpas de los musulmanes) que, de manera sarcástica, hace un llamamiento a los musulmanes del mundo para que dejen de pedir perdón por todo. Salta la chispa. “Yo creo que es algo que hay que hacer, pero también considero que es un error que sea el 80 por ciento de nuestros esfuerzos”, explica Sara. “Ahora la información está en Internet, en las redes sociales, donde este tipo de campañas tienen una visibilidad tremenda, y donde ser “trending topic” es todo un éxito. Es más de lo que podrían hacer un millón de folletos repartidos por la calle”, afirma. Mientras Sara habla, Naima, parece no estar de acuerdo. “No es que haya que seguir o no la campaña, es que es lo único que se puede hacer, porque no puedes ir persona por persona explicando que tú no vas cortando cabezas como el Estado Islámico. A mí me fastidia, y cada vez más, el “No en mi nombre” porque si tú, como no musulmana, no tienes que decir “No en mi nombre” porque personas maten a personas, ¿por qué tengo yo que decirlo porque personas que no conozco de nada estén matando a otras personas?”. La pregunta de Naima queda en el aire, sin respuesta, en un momento en el que se palpa la indignación, y en el que aprovecho para preguntar por otra cuestión: “¿Qué opináis de las últimas representaciones de los musulmanes en televisión?”. Todas ya saben a qué me refiero.
 
‘El Príncipe’ y los estereotipos del islam
La serie ‘El Príncipe’, ambientada en el barrio marginal ceutí que da nombre a la cinta, y la aparición de Shaima, la primera concursante musulmana de Gran Hermano, parece que ha rematado la imagen ya inmutable de los musulmanes en España. El ambiente se caldea y Dina vuelve a tomar la palabra. “La serie es que cumple con todos los requisitos: mujer reprimida y hermano terrorista”, asegura en tono irónico, mientras todas nos echamos a reír. “En Estados Unidos se hizo un 'reality' de musulmanes, vamos a decir normales, que no eran ni terroristas, ni cosas raras. Bueno, pues se retiró a causa de las protestas de los espectadores que acusaban al programa de no representar la realidad de los musulmanes”, explica rotunda. Y es que, es curioso como en el cine, la mujer musulmana es representada normalmente como una persona reprimida, controlada por los hombres de su familia, incapaz de formarse, ni de tener una vida propia. “En todas las películas en las que aparece una mujer musulmana, el final termina con ella quitándose el hiyab, ¡y siendo por fin liberada!”, apunta Sara, mientras todas asienten. “Y con el tema de Gran Hermano es un poco lo mismo. Una chica que no es muy practicante, con una historia familiar difícil y, justamente, del barrio de El Príncipe. Pues lo que piensas es que te toca volver a empezar, volver a explicar que el islam no es eso”, se lamenta Sara mientras noto que Marian, a mi lado, se remueve en su silla. Es una de las más jóvenes del grupo, pero, a sus 18 años, ya le ha tocado vivir lo que es tener que enfrentarse a los clichés que arrastra su religión. “En mi instituto, hemos leído varios libros y todos son historias de una pobre chica musulmana que se ha casado por obligación, y que al final se libera, se quita el hiyab y es feliz”. Estoy a punto de preguntarle si eso le repercute en su relación con sus compañeros, pero contesta antes de que pueda decirle nada. “Entonces, claro, cuando tu vas al instituto, el primer día no te lo preguntan, el segundo tampoco, pero el tercero se acercan y te dicen: “¿Tú llevas el pañuelo porque quieres?” Y aunque explicas que es una decisión propia, siempre piensan: “Pobrecita, no lo quiere decir”.
 
El hiyab, ¿símbolo del rechazo?
Llevamos casi una hora hablando, y esto en vez de una entrevista se ha convertido en una charla de mujeres que, si pudieran, arreglarían el mundo de un plumazo. Me atrevo a preguntar por qué provoca tanto rechazo el hiyab. Dina lo tiene claro: “Yo creo que eso pasa porque cuando la gente ve a una mujer musulmana, ve a las mujeres de Afganistán o de Arabia Saudí. El estereotipo del hiyab se ha creado porque la gente se empeña en que sea así”. Sara nos vuelve a dar un ejemplo de su día a día. “Una vez íbamos todas las chicas de Achime en bicicleta por Madrid, y yo llevaba una camiseta que ponía “I love Achime”. Al pasar junto a dos amigas, una le dice a la otra: “Mira lo que lleva escrito, ‘I love Islam’”. Entre carcajadas, Sara da con la respuesta: “Claro, vio una “I” y una “A”, ¡y salió islam!”. Estas jóvenes forman parte de una nueva generación de musulmanes que, a diferencia de sus padres, no han tenido que llegar a un país para sobrevivir. Muchas de ellas han nacido en España, son españolas, con sus derechos y sus obligaciones, y entre los que tienen muy claro está la lucha contra la islamofobia. Me quedo con la duda de si ese trabajo contra un sentimiento racista y xenófobo es posible. Naima no lo duda. “En Achime llevamos sólo dos años, pero notas que en cuanto la gente te conoce, ve cómo eres, cambia el chip y su visión de ti como musulmana es otra. Se nota en cuanto reservas una actividad de esquí de 2.500 euros, no tienen ni tu nombre, y te dicen que ya se lo pagarás. España tiene un ordenamiento jurídico que favorece la integración. Estamos en el principio de un proceso, y depende de lo que hagamos ahora, se iniciará el camino o volveremos para atrás”