miércoles, 22 de julio de 2015

Isabel Pérez: “Nos hemos hundido en el vacío de la Franja. Es un genocidio a cámara lenta”

Isabel Pérez es una de esas periodistas que cuando te mira, impacta. Afincada en la Franja de Gaza desde 2013, su compromiso con el pueblo palestino, no sólo como periodista sino también como persona, hace que aproveche sus días libres en Madrid para revindicar, una vez más, la injusticia del bloqueo insufrible que padece una parte del mundo y que, a veces, parece que poco importa. Pese al calor sofocante de las siete de la tarde, Pérez nos recibe con la mejor de sus sonrisas en la terraza de Ecoo, el centro que acoge la mesa redonda organizada por Palestina Digital “Gaza, vida y muerte y su repercusión en los medios”, y en la que participa junto a los también periodistas Musaa’ab Bashir, Yolanda Álvarez y Teresa Aranguren. Toca hablar del periodismo de guerra, ese género único que une vocación y humanidad.


Isabel Pérez, periodista freelance en la Franja de Gaza,
durante la entrevista. Foto: Javier Imedio

Pregunta: Parece mentira, pero lo más destacado en los últimos días sobre la situación de Gaza, han sido las palabras de Angela Merkel que provocaron el llanto desconsolado de una niña refugiada palestina. La noticia en los medios se ha quedado, una vez más, en la anécdota, lejos de hablar de la realidad de la Franja y de sus consecuencias. ¿Estamos haciendo los periodistas bien nuestro trabajo?

Respuesta: Es uno de los errores que cometemos los medios y algunos periodistas. A veces estamos obligados a descontextualizar, pero es muy necesario seguir explicando, aunque sea con anécdotas y con algo más de información, el conflicto árabe-palestino o palestino-israelí, según lo quieras ver. Los medios de comunicación podríamos hacer mucho más para explicar al mundo este conflicto, uno de los más enquistados, y un error que cometió en su día la comunidad internacional. Tendríamos que evitar poner parches como se está haciendo hasta ahora y buscar una solución política. Esto no es sólo una crisis humanitaria, es una causa política, y es como deberíamos enfocarlo desde los medios.

P: ¿Cómo consigue un periodista freelance vender a los medios de comunicación el día a día de la Franja de Gaza?

R: El día a día es muy complicado. Lo que ocurre en la Franja de Gaza tras más de ocho años de bloqueo israelí es el resultado de la acumulación de crisis socioeconómicas.  Hablamos de 66 años de ocupación. Nos hemos hundido en el vacío de la Franja desde hace ocho años, cuando Hamas llegó al poder e Israel decidió imponer este bloqueo inhumano, este castigo colectivo. Es un genocidio a cámara lenta. Vender a un medio de comunicación lo que ocurre cada día es difícil, porque son ciclos que se repiten. Por ejemplo, tener una crisis de combustible a nivel mediático no vende. Eso hace que los periodistas tengamos que ser muy originales para meter dos líneas sobre “de nuevo hay una crisis de combustible”. Pero hay bastante trucos que los periodistas que estamos dentro sabemos utilizar. Por ejemplo, esas faltas de carburante pueden afectar a los vehículos: no hay taxis y la gente no puede ir a trabajar. O podemos venderlo sobre cómo salen de las alcantarillas las aguas residuales porque el Ayuntamiento no tiene combustible para bombear. Hay que buscar la manera de dar la otra visión, pero al final es lo mismo, son ocho años de la misma crisis.

Isabel Pérez, periodista freelance en la Franja de Gaza,
durante la entrevista. Foto: Javier Imedio
P: Hablando con otros periodistas de guerra, casi todos coinciden en que es muy difícil informar de manera objetiva cuando ves la muerte tan cerca y los sentimientos afloran. ¿Qué opina?

R: Yo no creo que sea un problema que afloren los sentimientos. Al revés, es algo muy humano, los periodistas somos humanos. Somos mujeres, somos madres, o seremos madres en mi caso. Es normal que afloren los sentimientos, si no es así, creo que es un problema, y que ese periodista no va a lograr informar sobre por qué hay niños que están muriendo por falta de medicación. O sobre por qué hay mujeres con cáncer de mama, muy extendido en Gaza, que están muriendo porque no entran los tratamientos por el bloqueo israelí. Las mujeres tienen que salir a Egipto, y muchas veces el paso de Rafah está cerrado. Y, por supuesto, Israel no permite a todo el mundo que tiene cáncer salir a tratarse a los hospitales de Jerusalén o Cisjordania. Por lo tanto esto es un drama, y hay que mostrarlo tal como es. Gaza, la causa palestina, es sentimiento. Y si no hay sentimiento, no puedes expresar que hay una injusticia total en esta causa política.

P: Son varios los periodistas como Yolanda Álvarez, ex corresponsal de TVE, o Javier Martín, de EFE, que han sido relevados de sus funciones en el terreno como consecuencia de las presiones de Israel. ¿Existe también un intento de bloqueo de cara a los medios que trabajan en Palestina?

R: Yo principalmente trabajo para una televisión que nada tiene que ver con Occidente, por lo que no tenemos ese tipo de presión tan directa. Lo que si me pasó durante la operación “Margen Protector” del año pasado cuando comencé a colaborar con el diario El Mundo, es que me llamaron diciéndome que habían recibido una carta del embajador de Israel, en la que decía que su corresponsal -ellos no sabían que yo no era corresponsal, sino colaboradora freelance-, tenía que salir de la Franja  de Gaza porque aquello se iba a convertir en una guerra muy peligrosa. Es una presión psicológica que hacen a los periodistas. Imagínate, tú llegas como periodista a un conflicto, y si es la primera vez que te avisan de que te tienes que salir ya, cunde el miedo. Yo sé de gente que sí que se fue. Yo me quedé, tengo allí mi familia palestina, tengo una labor periodística y humana. Pero sí que hay presiones.

P: Como periodista, ¿cuál cree que es el “secreto” para que el conflicto palestino termine de una vez por todas?


R: No hay secreto. Hay que dejar de apoyar a la entidad sionista de Israel. Hay que ser consecuentes con nuestros actos. Nuestros gobiernos deberían ir del lado de la justicia, de la igualdad, y terminar con esa ocupación que es ilegal ante las leyes internacionales. Pero esto es muy relativo. Nuestros gobiernos, otras entidades, los organismos internacionales, aprovechan la inestabilidad de Oriente Medio para seguir apoyando a Israel, pensando que eso va a contener un estallido. Pero yo estoy segura de que si se levanta el bloqueo, si termina la ocupación, si los palestinos tienen libertad de movimiento para trabajar donde ellos quieran, y conseguir vivir como un ser humano, la violencia terminará. Esto no es fácil, y no es ningún secreto. Hay que ser realistas. Hace falta una propuesta política. Yo soy de la opinión de que hace falta un estado democrático para todos, y que si se crea un estado de Palestina, habrá más problemas. 


martes, 2 de diciembre de 2014

Ayoub El Hilali: “El error es que mezclamos el trabajo con la fe”

Ayoub El Hilali tiene tan sólo 25 años, pero ya es una de las caras más conocidas del panorama mediático en España. Hakim, el policía musulmán que acaba siendo un terrorista sin escrúpulos, y al que ha dado vida durante la primera temporada de la exitosa serie ‘El Príncipe’, en Telecinco, ha hecho de este catalán de origen marroquí uno de los embajadores de las nuevas generaciones de musulmanes españoles. Atalayar se entrevista con él para saber, entre otras cosas, qué opina de las críticas que ha recibido la serie por unir conceptos como Ceuta,  terrorismo e islam. Algo sobre lo que, asegura, nada tiene que ver con su Marruecos natal, donde “yo he visto series árabes que hablan de terrorismo y no pasa nada”. Mientras charlamos en una terraza del centro de Madrid, las miradas de los viandantes, e incluso una petición de un admirador para hacerse una foto con él, nos interrumpen de vez en cuando.


Ayoub El Hilali ha dado vida al personaje de Hakim
en "El Príncipe"
Pregunta: Acabáis de recibir un Premio Ondas a la mejor serie española. Sin embargo, hay muchas voces críticas que tachan a “El Príncipe” de alimentar los clichés contra el islam y los musulmanes. ¿Qué opina? 
Respuesta: “Lo respeto totalmente, pero yo hago mi trabajo. Para empezar es ficción, y con ojo crítico, -otra cosa es que la gente no quiera ver la realidad- creo que hay muchas cosas de la vida real que están reflejadas ahí y que, desde mi punto de vista, he visto que se asemejan a esa ficción”.
P: ¿Le llegan críticas personales por haber interpretado el papel de un policía musulmán y terrorista? 
R: “Sí, claro que me llegan, normalmente a través de las redes sociales. Yo respeto a todo el mundo, siempre que no me lo falten a mí, y de las críticas constructivas intento absorber todo lo positivo que me puedan aportar. Pero también me han llegado felicitaciones de compañeros, incluso de gente de Marruecos, de actores, de directores reconocidos a nivel internacional, que entienden lo que es interpretar, y que saben la responsabilidad que es estar en una serie en ‘prime time’ en España”.

P: Por lo que dice, ¿la gente es más abierta en Marruecos que en España?
R: “En Marruecos mi madre pone los canales de la antena parabólica, y yo estoy cansado de ver series con ella en las que el hermano es traficante, la madre fuma cachimba en casa... y la gente las ve con naturalidad, se mueren de ganas de que llegue la hora para ver su serie favorita, y no pasa nada. Lo que ocurre es que al ser un país occidental el que refleja eso, la connotación es que ‘los occidentales están hablando de nosotros’. Yo he visto series árabes que hablan de terrorismo, de chicas que han tenido que salir de sus casas y se han prostituido, de chicos que venden droga… y es lo más normal del mundo. Y son series que funcionan muy bien, no sólo en sus países, sino en todo el Magreb”.

P: Sus rasgos árabes, ¿supone estar encasillado en determinados papeles, como el de Hakim?
R: “Lamentablemente, sí. Soy consciente de que me toca cambiarlo porque soy la primera generación, tengo que aceptarlo y hacerlo muy bien para demostrar que sí, que puedo hacer de terrorista, pero que también tengo unas dotes interpretativas, y lo digo con toda la humildad del mundo, compatibles con el mercado, y que soy capaz de asumir un proyecto gordo como es ‘El Príncipe’”.

P: ¿Presiona, entonces, saber que es una cara visible de esa nueva generación de musulmanes españoles que lucha por estar presente en la sociedad de este país?
R: “Es una responsabilidad, pero no he sentido presión en ningún caso. Tengo muchos amigos, de muchos ámbitos artísticos, que están a favor y en contra de lo que yo hago, de mi trabajo como actor. Pero a pesar de que no les haya gustado algo, porque tienen sus ideales, independientemente de nuestras diferencias socio-artísticas -vamos a inventarnos este concepto-, lo que nos une es trabajar juntos y unidos para demostrar que nosotros también valemos -y otra vez estamos demostrando-, y que podemos hacer hueco a los que vengan”.

P: ¿Qué consejo daría a un joven musulmán que, como usted, tiene un sueño, pero que por ‘el qué dirán’ no se atreve a dar el paso?
R: “Tú cuando practicas el islam, lo practicas para ti, no lo practicas para demostrarle nada a nadie. Tú no vas a rezar para que tu padre te vea cómo rezas. Tu religión, independiente de la que sea, es para uno mismo, para tu corazón, y queda entre tú y tu Dios. Tu religión la llevas dentro y a tu manera, pero siempre respetando. Yo no soy el más indicado para hablar de estas cosas, pero lo poco que sé, me lo aplico. Sólo tengo que dar explicaciones a mi Dios”.

P. En este sentido, si le ofrecieran un papel con el que no estuviera seguro de cumplir con sus valores éticos, con su moral, ¿lo dejaría?
R: “Me ha pasado. El productor quería que lo hiciera yo, se ha negociado y se han quitado cosas. A mí me puede llegar un guión, y lo primero, es que eso es un personaje. Entonces, ¿qué voy a juzgar? ¿A ese personaje, que se llama Juan, -porque yo me llamo Ayoub- que es narcotraficante? O si tengo una secuencia de sexo con una chica. Pues hombre, puedo intentar negociar con el productor, a ver si podemos dejar la secuencia en un besito. Pero si no, pues tengo que trabajar. Es que ese es el error, que mezclamos el trabajo con la fe”.

P: ¿Cómo es ponerse en la piel de un policía que, además, es un terrorista? 
R: “Pues jodido, aunque la verdad es que ya he hecho de terrorista varias veces, así que sé montar y desmontar un arma o una bomba. Para hacer de policía sí he tenido formación con policías, pero para hacer de terrorista, por suerte, no he tenido que formarme con uno [risas]”. 
P: Ese papel ya lo tiene más que controlado, pero, ¿qué se siente cuándo se ven actuaciones violentas en nombre del islam? 
R: “Todas esas actuaciones las condeno, porque no están en mi criterio, ni en mis valores, ni en mis principios. No me siento nada identificado. Y es más, me duele, porque mancha la imagen del musulmán de a pie, el que se levanta por la mañana y sale a trabajar por sus hijos, por su familia”.

P: En el caso de su personaje de ‘El Príncipe’, se mueve entre dos aguas, entre el mundo de los cristianos y el de los musulmanes. ¿Es algo a lo que también se tiene que enfrentar en su vida real?
R: “Sí. En mi casa, a nivel cultural, es un ambiente, y cuando paso el portal es otro. Hablo en árabe con mis padres, y luego voy a clase y hablo y pienso en castellano. Y cuando voy a Marruecos, soy el español. Y en España soy el marroquí. Es como cuándo te preguntan, ‘¿Y tú de dónde eres?’, y respondes: ‘Soy de Barcelona, soy catalán’. Y, entonces, te dicen: ‘Es que esa cara…’. Pues lo entiendo, porque tengo rasgos, y con mucho orgullo”.

Entrevista publicada en Atalayar, entre dos orillas

viernes, 14 de noviembre de 2014

Jóvenes musulmanas españolas: “La islamofobia se define como un sentimiento de odio y de miedo”

Un grupo de locos que degüella a personas en nombre del islam, el eterno conflicto palestino-israelí o los ataques de un indiscriminado Bashar al-Asad sobre su pueblo, han hecho de la islamofobia un término cotidiano, pero también un sentimiento que resurge de sus cenizas, y que se asienta en los clichés más tradicionales de discriminación, opresión y terrorismo. Una situación que ha hecho que en las últimas semanas, musulmanes de todo el mundo hayan salido al paso con una campaña con la que bajo el lema “No en mi nombre” (“Not in my name”, en su mensaje original en inglés) han querido desbancarse de los continuos atentados del Estado Islámico en nombre del islam. Con todo esto, la palabra islamofobia podría traducirse como el rechazo o la hostilidad hacia el islam y los musulmanes. Un término que, por cierto, y pese a todo, aún no ha sido recogido en la recién estrenada vigésima tercera edición del Diccionario de la Real Academia Española. 

Tal vez esté equivocada, o tal vez no, pero presiento que a ese sentimiento de rechazo le hacen frente con más frecuencia las mujeres que los hombres, por la cuestión del hiyab y la visibilidad que tiene a la hora de identificarlas con su religión. Por eso llamo a la puerta de la Asociación de Chicas Musulmanas de España (Achime). En el centro de Madrid, y a pocos metros del Centro Cultural Islámico de la capital de España, me reciben chicas de entre 16 y 30 años en el local en el que realizan la mayor parte de sus actividades semanales, y en el que esa misma tarde hablarán de islamofobia. Casualidades de la vida. Todas llevan hiyab, y visten el mismo tipo de ropa que pueda llevar yo hoy: zapatillas, vaqueros y camiseta. Alrededor de una mesa llena de cuadernos y de bolígrafos, lanzo la primera pregunta: ¿la islamofobia es sólo desconocimiento, o hay algo más?

 
“La gente no se para a pensar”
“Yo creo que la islamofobia se define como un sentimiento de odio, de rechazo, pero también de miedo. La persona que lo siente, es porque cree que el islam pone en peligro sus valores, su modo de vida. Ese es el proceso mental que quiero creer que se produce”, asegura Naima, la veterana del grupo, y una de las fundadoras de la asociación.  Sara, estudiante universitaria, nos pone un ejemplo práctico desde el otro lado de la mesa. “Hace dos años, la revista 'National Geographic' dedicó un número especial al islam. Pues ocho artículos de diez eran sobre la mujer musulmana, sobre cómo El Corán hablaba del uso del burka y del matrimonio obligado. Los otros dos iban sobre la yihad. Obviamente, ya me dirás tú la información que hay”. 

Dina es estudiante de medicina. Mientras las demás opinan, ella escucha, y de vez en cuando niega con la cabeza. Cree que la decisión de ser contrario al islam, o no, es sólo responsabilidad de la persona en cuestión, y que poco más se puede hacer. “La gente no se para a pensar, muchas veces sólo creen lo que dicen los medios de comunicación y ya está”. No dudo en preguntar si, entonces, los musulmanes deben seguir justificándose bajo la campaña “No en mi nombre”, a raíz de la que, por cierto,  ha nacido otra, “Muslim apologies” (Disculpas de los musulmanes) que, de manera sarcástica, hace un llamamiento a los musulmanes del mundo para que dejen de pedir perdón por todo. Salta la chispa. “Yo creo que es algo que hay que hacer, pero también considero que es un error que sea el 80 por ciento de nuestros esfuerzos”, explica Sara. “Ahora la información está en Internet, en las redes sociales, donde este tipo de campañas tienen una visibilidad tremenda, y donde ser “trending topic” es todo un éxito. Es más de lo que podrían hacer un millón de folletos repartidos por la calle”, afirma. Mientras Sara habla, Naima, parece no estar de acuerdo. “No es que haya que seguir o no la campaña, es que es lo único que se puede hacer, porque no puedes ir persona por persona explicando que tú no vas cortando cabezas como el Estado Islámico. A mí me fastidia, y cada vez más, el “No en mi nombre” porque si tú, como no musulmana, no tienes que decir “No en mi nombre” porque personas maten a personas, ¿por qué tengo yo que decirlo porque personas que no conozco de nada estén matando a otras personas?”. La pregunta de Naima queda en el aire, sin respuesta, en un momento en el que se palpa la indignación, y en el que aprovecho para preguntar por otra cuestión: “¿Qué opináis de las últimas representaciones de los musulmanes en televisión?”. Todas ya saben a qué me refiero.
 
‘El Príncipe’ y los estereotipos del islam
La serie ‘El Príncipe’, ambientada en el barrio marginal ceutí que da nombre a la cinta, y la aparición de Shaima, la primera concursante musulmana de Gran Hermano, parece que ha rematado la imagen ya inmutable de los musulmanes en España. El ambiente se caldea y Dina vuelve a tomar la palabra. “La serie es que cumple con todos los requisitos: mujer reprimida y hermano terrorista”, asegura en tono irónico, mientras todas nos echamos a reír. “En Estados Unidos se hizo un 'reality' de musulmanes, vamos a decir normales, que no eran ni terroristas, ni cosas raras. Bueno, pues se retiró a causa de las protestas de los espectadores que acusaban al programa de no representar la realidad de los musulmanes”, explica rotunda. Y es que, es curioso como en el cine, la mujer musulmana es representada normalmente como una persona reprimida, controlada por los hombres de su familia, incapaz de formarse, ni de tener una vida propia. “En todas las películas en las que aparece una mujer musulmana, el final termina con ella quitándose el hiyab, ¡y siendo por fin liberada!”, apunta Sara, mientras todas asienten. “Y con el tema de Gran Hermano es un poco lo mismo. Una chica que no es muy practicante, con una historia familiar difícil y, justamente, del barrio de El Príncipe. Pues lo que piensas es que te toca volver a empezar, volver a explicar que el islam no es eso”, se lamenta Sara mientras noto que Marian, a mi lado, se remueve en su silla. Es una de las más jóvenes del grupo, pero, a sus 18 años, ya le ha tocado vivir lo que es tener que enfrentarse a los clichés que arrastra su religión. “En mi instituto, hemos leído varios libros y todos son historias de una pobre chica musulmana que se ha casado por obligación, y que al final se libera, se quita el hiyab y es feliz”. Estoy a punto de preguntarle si eso le repercute en su relación con sus compañeros, pero contesta antes de que pueda decirle nada. “Entonces, claro, cuando tu vas al instituto, el primer día no te lo preguntan, el segundo tampoco, pero el tercero se acercan y te dicen: “¿Tú llevas el pañuelo porque quieres?” Y aunque explicas que es una decisión propia, siempre piensan: “Pobrecita, no lo quiere decir”.
 
El hiyab, ¿símbolo del rechazo?
Llevamos casi una hora hablando, y esto en vez de una entrevista se ha convertido en una charla de mujeres que, si pudieran, arreglarían el mundo de un plumazo. Me atrevo a preguntar por qué provoca tanto rechazo el hiyab. Dina lo tiene claro: “Yo creo que eso pasa porque cuando la gente ve a una mujer musulmana, ve a las mujeres de Afganistán o de Arabia Saudí. El estereotipo del hiyab se ha creado porque la gente se empeña en que sea así”. Sara nos vuelve a dar un ejemplo de su día a día. “Una vez íbamos todas las chicas de Achime en bicicleta por Madrid, y yo llevaba una camiseta que ponía “I love Achime”. Al pasar junto a dos amigas, una le dice a la otra: “Mira lo que lleva escrito, ‘I love Islam’”. Entre carcajadas, Sara da con la respuesta: “Claro, vio una “I” y una “A”, ¡y salió islam!”. Estas jóvenes forman parte de una nueva generación de musulmanes que, a diferencia de sus padres, no han tenido que llegar a un país para sobrevivir. Muchas de ellas han nacido en España, son españolas, con sus derechos y sus obligaciones, y entre los que tienen muy claro está la lucha contra la islamofobia. Me quedo con la duda de si ese trabajo contra un sentimiento racista y xenófobo es posible. Naima no lo duda. “En Achime llevamos sólo dos años, pero notas que en cuanto la gente te conoce, ve cómo eres, cambia el chip y su visión de ti como musulmana es otra. Se nota en cuanto reservas una actividad de esquí de 2.500 euros, no tienen ni tu nombre, y te dicen que ya se lo pagarás. España tiene un ordenamiento jurídico que favorece la integración. Estamos en el principio de un proceso, y depende de lo que hagamos ahora, se iniciará el camino o volveremos para atrás”

jueves, 23 de octubre de 2014

“Lo que cosechamos ahora es lo que plantó el régimen de Gadafi”

Parece que fue ayer cuando las imágenes de un Gadafi amoratado, lleno de sangre y tendido en el suelo recorrían los informativos de todo el mundo como prueba irrefutable de que Libia había sido liberada. Aquello ocurrió el 20 de octubre de 2011. Tres años después, los libios se asoman al abismo de una guerra civil que, parece, no tiene marcha atrás. Con un Gobierno electo exiliado a la fuerza, y otro con tintes radicales asentado en Trípoli, Libia se ha convertido, para muchos, en un Estado fallido que, lejos de resurgir de sus cenizas, se ha hundido en el extremismo y en la corrupción. Llego antes de la hora, pero en la Embajada libia en Madrid lo tienen ya todo listo. Me da tiempo a sacar la grabadora y poco más, cuando el señor Mohamed Alfaqeeh Saleh, embajador de Libia en España, entra en el amplio salón en el que me preparo para comenzar la entrevista. Con nosotros estará un traductor. Me preguntan si quiero tomar algo, un té o un café. Deniego la amable invitación. El señor Alfaqeeh me cuenta que hay un dicho popular árabe que dice que el agua es un símbolo de buena esperanza en las relaciones entre las personas. Así que no lo dudo: “Tomaré agua, gracias”.
 
Foto:  Mohamed Alfaqeeh Saleh, embajador de Libia en España.
Pregunta: Se cumplen tres años de la muerte de Muamar Gadafi. Usted pasó casi diez años en la cárcel durante el régimen del dictador, simplemente, por tener una opinión propia. ¿Cómo ve a Libia en este tercer aniversario?
Respuesta: "El régimen de Gadafi fue dictatorial y tiránico. Perduró en el poder más de 40 años. Fue uno de los peores regímenes a todos los niveles; en el de la represión, la corrupción e, incluso, en el de la seguridad. A pesar de que ahora Libia atraviesa circunstancias muy difíciles y se enfrenta a la división y la ‘somalización’, a pesar de todo eso, no puedo decir que con Gadafi fue mejor. La mayoría de los problemas que sufrimos ahora vienen del régimen anterior; lo que cosechamos ahora es lo que plantó el régimen de Gadafi”.
 
P: Si la Organización de Naciones Unidas (ONU) formó parte del derrocamiento de Gadafi y ha hecho un seguimiento en la reconstrucción del país, ¿cómo ha llegado Libia a esta situación?
R: “Nosotros desde el principio hemos instando a la comunidad internacional a no dejar Libia hasta que no se reconstruyera el Estado. Y, sin embargo, los gobiernos influyentes del mundo no nos han escuchado. Creo que la ONU se ha precipitado en salir del país. Pero, le voy a explicar algo. A mí siempre me gusta diferenciar entre lo que es un dictador y lo que es un tirano. El primero construye un Estado y se apoya en él. Pero si el dictador cae, las instituciones siguen en pie. Sin embargo, en el caso del segundo, el Estado siempre gira a su alrededor, y si el tirano cae, el Estado cae con él. Esa es la diferencia entre lo que ocurrió en Túnez, en Egipto o, incluso, en España, con lo que ha pasado en Libia. Cuando cayó el régimen de Gadafi, el Estado se hundió, con lo que surgió un vacío de poder y de seguridad en la política y en las instituciones”.
 
P: Con todo ese vacío político, ¿ha dado tiempo a generar nuevos partidos capaces de gobernar Libia?
R: “La construcción de partidos políticos requiere tiempo. Por eso, ese vacío existente se ha ocupado con fuerzas políticas que ya estaban organizadas, como Hermanos Musulmanes, el Grupo Islámico Combatiente y los salafistas”.
 
P: ¿No es esta mezcla un tanto peligrosa?
R: “Estos tres grupos representan el islam político, y son sucursales de organizaciones internacionales que están apoyadas por grupos a nivel regional. Sin embargo, las fuerzas nacionalistas que podrían hacerles frente aún no estaban reconstruidas. Por eso, tuvieron la oportunidad de ocupar el vacío que había quedado. Esto es así en el aspecto político. Respecto a la cuestión de seguridad, el lugar fue ocupado por grupos milicianos que fueron formados tras el régimen de Gadafi. Cada grupo creaba su propia milicia. Incluso más de 15.000 presos, hablamos de criminales, fueron liberados metiéndoles en las milicias. Era una forma de evitar la vuelta a las cárceles”.
 
P: ¿Y quién paga las armas? Porque se señala a los países del Golfo Pérsico como los proveedores del armamento.
R: “En realidad, debemos explicar primero la situación libia para analizar la exposición exterior. Como el Estado no tenía ejército, ni policías, se intentaba unir a estos grupos para utilizarlos como tal. Se les pagaba incluso un sueldo para evitar que se dedicaran a la violencia o al robo. Era una medida provisional. Sin embargo, esos grupos armados impedían cualquier movimiento que rehiciera las instituciones. Sólo le digo que los combatientes que luchaban contra Gadafi no pasaban de 30.000 hombres, y que los milicianos, actualmente, son más de 200.000”.
 
P: El español Bernardino León, nombrado recientemente representante especial de la ONU para Libia, ha asegurado que “es urgente estabilizar el país [Libia], porque si no se convertirá en base del Estado Islámico”. ¿Esto puede pasar?
R: “Sí. La existencia de grandes cantidades de armas en el país y la presencia de muchos grupos armados, además de la división actual y la debilidad de las instituciones, conduce al mantenimiento de la anarquía. Y este es el escenario ideal para este tipo de grupos. Permite que el terrorismo se haga con el poder en el país”.
 
P: El ministro alemán de Ayuda al Desarrollo, Gerd Müller, acusa directamente a Catar de financiar al Estado Islámico. ¿Cree que Müller está en lo cierto?
R: “Claro que existen apoyos externos a este tipo de grupos para influir dentro del proceso político de Libia. Pero no sólo hay que hablar de Catar. Muchos países del Golfo Pérsico están intentando intervenir para tener influencia en el país. El mayor miedo es que el éxito del proceso democrático de transición en Libia pueda dejar al descubierto muchos otros regímenes de la región que quedarían en evidencia. Pero esta es una opinión personal”.
 
P:  Con todo esto, ¿cómo ve el futuro de su país?
R: “Veo que estamos ante un cruce de caminos. O se mantiene esta situación de anarquía y de crímenes, lo que puede conducirnos a una intervención militar internacional que tendría efectos nefastos para el país, o conseguimos reconstruir las instituciones del Estado rápidamente. Aunque, para que se dé este otro camino, tendría que producirse, al mismo tiempo, una reconciliación nacional y de diálogo, y la reducción de las fuerzas de las milicias. Estos serían tres puntos que deberían ir en paralelo. Si conseguimos con la mayor brevedad posible reconducir estas tres direcciones, podríamos recuperar el país”.
 
P: Pablo Iglesias, eurodiputado y líder del partido Podemos, denunció hace unos días ante el Parlamento Europeo, que tanto la ONU como la Unión Europea (UE) intervinieron militarmente en Libia durante el gobierno de Gadafi por intereses puramente económicos y no para ayudar a la población civil. En concreto, Iglesias describió aquel momento como “el tiempo en el que Gadafi financiaba la campaña electoral de Sarkozy y regalaba caballos a José María Aznar”. ¿Está de acuerdo?
R: “Es una buena pregunta. Desde luego que los países occidentales o Estados Unidos se mueven por sus intereses. Cuando Gadafi tenía mano de hierro en Libia todos trataban con él. Pero cuando empezaron a ver que el suelo se tambaleaba a sus pies, y que no le queda mucho tiempo en el poder, se dieron cuenta de que la guerra se recrudecía y de que aumentarían las matanzas, lo que podía conducir a un mayor nivel de terrorismo. Por eso se pusieron de parte del pueblo. Y reitero que lo hicieron defendiendo sus propios intereses”.
 
P: Sabe que no todo el mundo es tan sincero, ¿verdad?
R: “Bueno, nosotros decimos lo que pensamos”.
 
P: La cumbre sobre la crisis de Libia que tuvo lugar en septiembre en Madrid, descartó una solución militar y abogó por el diálogo. Sin embargo, Francia está convencida de que es necesario intervenir. ¿Qué opina?
R: “Yo no creo que Francia esté animada a intervenir. Lo que ocurre es que tiene miedo de que lo que está viviendo Libia se contagie a los países del sur de África de lengua francófona. Por eso, su temor es mayor que el de otros países. La intervención militar está regulada en un acuerdo internacional que marca las condiciones que se tienen que dar para que eso pase, y la intervención sería la última opción”.
 
P: ¿Cómo describiría el papel que está jugando España en el conflicto libio?
R: “España es considera por Libia como uno de los países más importantes en la región, sobre todo en materia de seguridad del Mediterráneo, tanto en el plano económico como estratégico. Además, España tiene una gran experiencia  en el proceso de transiciones políticas, y para nosotros está haciendo un papel muy positivo con el objetivo de ayudarnos a pasar esta página negra de la historia de nuestro país”.
 
P: Para terminar, tengo que preguntarle qué tipo de Gobierno cree que le espera a Libia, ¿islámico o islamista?
R: “Libia es un pueblo musulmán, que tiene su cultura islámica y su religión musulmana, y que siempre ha adoptado una postura moderada. Los grupos islamistas son grupos políticos que quieren politizar, ideologizar la religión. En los tres procesos electorales que han tenido lugar en el país, dos terceras partes del electorado siempre han estado a favor del proceso democrático libio, mientras que el proyecto islamista ha tenido un apoyo ínfimo. Lo que ocurrió el pasado mes de junio es que el islam político, al no tener apoyo popular, utilizó la fuerza para imponer su propia ideología. Desde aquí pedimos a nuestros amigos en el mundo, y por supuesto a España, que entiendan a la población libia, y que se opongan a los que quieren imponernos una nueva dictadura y un régimen tiránico”.

 

viernes, 10 de octubre de 2014

“En un mundo global como en el que vivimos ahora, acabar con el ébola es responsabilidad de todos”

El primer caso de contagio de ébola en Europa producido en España, ha abierto en los últimos días los informativos de medio mundo, en un alarde de alarmismo y de terror que poco o nada ha tenido que ver con la cobertura informativa sobre los 7.200 infectados que hay en África Occidental, o sobre las más de 3.330 personas que han muerto a causa de la enfermedad. Ante un mundo que estos días tiene puestos los ojos en la Europa rica y desarrollada, Atalayar ha querido mirar a la región occidental de un continente, África, que pese a tener un sistema sanitario colapsado y una situación económica precaria, lucha por acabar con un brote de ébola que cruza fronteras, y que ya ha dejado miles de “huérfanos del ébola”: niños a los que el virus ha arrebatado a sus padres, y que son repudiados por una sociedad que teme ser contagiada. Hablamos con Blanca Carazo, responsable de proyectos de cooperación de UNICEF Comité Español. 
 
Blanca Carazo, responsable de proyectos de
cooperación de UNICEF Comité Español / Foto: UNICEF. 
Pregunta: ¿Rechazan las familias a los niños por miedo al contagio? 
Respuesta: “Sí. Ahora mismo tenemos contabilizados 3.700 niños que han quedado huérfanos por el ébola y que, además, están sufriendo cierto estigma y rechazo por sus familias o, incluso, por sus comunidades, porque al haber estado en contacto con personas que han muerto de ébola, se teme que ellos puedan contagiar la enfermedad”. 
 
P: ¿Cómo se actúa ante una situación así?  
R: “En Sierra Leona, uno de los tres países de África Occidental más afectados junto con Liberia y Guinea, ha comenzado una iniciativa en la que las personas que han sobrevivido al ébola, están siendo formadas para acompañar a los niños que están en centros de aislamiento. Y es que, si estos niños han estado en contacto con la enfermedad, se les aísla por un periodo de 21 días en unos lugares donde no pueden tener contacto con nadie, ni siquiera un abrazo, y donde las únicas visitas son las del equipo médico cubierto de pies a cabeza. Esto para un niño es una experiencia muy traumática. Después, normalmente estos pequeños son dirigidos a instituciones o a familias de acogida. Una vez que se les hace el test del ébola y sale negativo, hay que hacer entender a sus familias que no son un riesgo y que necesitan todo el cariño y toda la protección posible”. 
 
P: ¿Es posible dar esa protección con un sistema de salud colapsado? 
R: “Hace poco nos llegó la historia de una mamá que estaba a punto de dar a luz, y en ningún centro de salud la pudieron atender. Su bebé murió, se trataba de un parto complicado. Y también escuché, hace poco, una frase que decía que “está muriendo gente de ébola sin tener ébola”. Ahora estamos viendo que hay riesgo real de que aumente la mortalidad infantil y materna. Y es que hay niños que no están recibiendo atención para enfermedades que son la principal causa de mortalidad infantil en estos países. Un niño enfermo de malaria no recibe la medicación necesaria porque, a causa del ébola, los médicos no dan abasto. Incluso, en otros casos, las familias tienen miedo de llevar al centro de salud a su hijo porque piensan que allí se va a contagiar del ébola”. 
 
P: Ante el brote del virus en Europa, ¿cree que la lucha por su erradicación ha dejado, de repente, de ser un tema sólo de África? 
R: “En un mundo global, como en el que vivimos ahora, acabar con el ébola, como con muchas otras enfermedades, es responsabilidad de todos. Prácticamente, todos los países del mundo han firmado la Convención sobre los Derechos del Niño, y eso supone que se han hecho responsables de proteger los derechos de los niños en todo el mundo. El ébola es una amenaza contra el derecho a la salud y al desarrollo, por lo que creo que sí, es una cuestión de todos. Y la prueba está, además, en que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha declarado la situación del ébola en esta zona del mundo como una emergencia de nivel máximo a nivel global, y la Organización de Naciones Unidas (ONU), por primera vez, ha creado una misión para responder a una emergencia sanitaria”.  
 
P: ¿Está concienciada, entonces, la comunidad internacional de la grave situación que el ébola está causando en África Occidental? 
R: “Sí es verdad que a nivel de Europa o de Estados Unidos es una pena, pero el hecho de ver a una persona de tu país afectada, hace sentir todo esto como algo más grave o más real. Este brote de ébola es muy inusual porque, hasta ahora, los brotes que se habían dado estaban concentrados en un área geográfica restringida, y habían tenido un pico de mucha intensidad que, después, se había controlado. Por eso, en este brote la gran diferencia ha sido el momento en que se ha comenzado a traspasar fronteras, incluso dentro de África. En cierto modo, creo que ha sido un poco sorpresivo, y que ha habido una reacción algo tardía. Falta mucho por hacer”.  
 
P: Con todo esto, ¿se puede vivir en el corazón del brote del ébola? 
R: “Lo que está suponiendo esta enfermedad en Guinea, Liberia y Sierra Leona es un impacto muy fuerte en la vida diaria de las personas. El ébola infunde muchos miedos, y también muchos mitos, que hacen que uno crea que se puede contagiar en cualquier momento. Incluso este temor está modificando la relación de las personas. Por ejemplo, en África Occidental la gente suele saludarse con bastante contacto físico, con abrazos o apretones de manos, con besos… y ahora, a nivel formal, la gente evita ese apretón de manos y hace un choque de codos, con las mangas, para evitar el contacto”.  
 
P: ¿Tanto es el temor de la población? 
R: “El tema del miedo condiciona mucho. Hay niños que están dejando de ir a la escuela para evitar el contacto con otros niños. Y también pasa a nivel socioeconómico. El tema del cierre de las fronteras en estos países, que funcionan mucho con el comercio, está limitando la actividad económica y la generación de ingresos en una economía que es muy de subsistencia, de conseguir dinero para comer esa semana o ese día”.  
 
P: ¿Se niega la gente a creer que el ébola existe? 
R: “El ébola da miedo aquí y allí. Desde el principio, UNICEF se ha planteado que la lucha contra la enfermedad estaba en dos frentes: suministros de protección e información. Y sobre esto último, explicar en qué consiste el ébola para que las personas afectadas acudan a los centros de salud. En Sierra Leona, a finales de septiembre, el Gobierno decretó tres días en los que todas las familias tenían que estar en sus casas. Se movilizaron 30.000 personas que fueron casa por casa explicando todo lo relacionado con el ébola, y entregando jabón y cloro, porque lavarse las manos con asiduidad reduce mucho el contagio. Hay ciertas medidas que se pueden tomar, y esto es lo que las familias tienen que entender. Es la única manera de no tener ese miedo constante”. 
 
P: Además, UNICEF reparte kits de protección del hogar, ¿en qué consisten? 
R: “Básicamente llevan material de protección para las familias que cuiden de otra persona que pueda tener ébola. Estos kits llevan el jabón y cloro que comentábamos, y que son elementos muy sencillos, pero que ayudan mucho a prevenir el contagio, y también guantes, mascarillas y cubos para favorecer la higiene de la persona que pueda estar infectada”.  
 
P: En países con tantas carencias, ¿se pueden respetar los protocolos de actuación? 
R: “Hay protocolos que son importantísimos y que, además, son difíciles de implementar, porque de alguna manera chocan con la cultura de la población local. Por ejemplo, en Liberia y Sierra Leona la tradición es que cuando alguien de la familia muere, se le despide tocando a la persona. En el caso de alguien que haya fallecido por ébola eso puede ser muy peligroso. Por eso, hacer cumplir los protocolos es algo que requiere de firmeza y, a la vez, de sensibilidad, para saber transmitir este tipo de necesidad y que las familias lo sientan de la manera menos agresiva posible. No es fácil, pero es imprescindible”.  
 
P: Por último, ¿podemos lanzar un mensaje de optimismo? ¿El ébola, se puede controlar? 
R: “Eso espero. Sí es verdad que lo que todos los expertos afirman que, ahora, estamos en el momento de subida, por lo que los casos de personas infectadas por ébola seguirán aumentando. Esperemos que se pueda controlar, que haya un descenso y que se pueda erradicar. A veces parece que entramos en una actitud un poco derrotista, pero, dentro de que esto es algo grave y de que necesita una intervención urgente, hay que decir que mucha gente se está sobreponiendo a la enfermedad. En otros brotes de ébola la tasa de mortalidad estaba en torno a un 70 por ciento, y ahora estamos hablando de un 51-52 por ciento. Tenemos historias de niños que lo han conseguido, que han acabado con el ébola. Como Howayou, de 3 años, y su hermano Amaou, de 4 años. Sus padres murieron a causa del ébola en Sierra Leona, pero ellos posan en sus fotografías levantando el dedo y haciendo el signo de la victoria. Se puede hacer algo, pero tenemos que hacerlo ya”.